En la frontera primera sorpresilla con los camboyanos, el precio por un mes de visado es de veinte dólares y hay que darles una foto. Selina no tiene fotos y la hacen pagar un extra desmesurado. Por el escaneo. Dicen. A mi me intentan cobrar un par de eurelios extras en moneda tailandesa por gestión en frontera. Me río y le señalo el cartel de buen tamaño con las tasas bien claritas. Ahí termina nuestra conversación. Ya en el otro lado un guía nos vende un bus gratuito hasta la estación de autobuses. Tres japoneses y nosotros somos todo el pasaje.
La estación de Poipet huele a chamusquina. Aquí no hay locales y todos los precios son en dólares. ¡Huyamos!. Cambiamos algo de plata por el camino e intentamos hacer dedo en la carretera principal. Destino: Phnom Penh. No hay manera. Por un dólar nos lleva un pick up hasta Sisophon. Repetimos operación y resultado. Otro pick up hasta Battambang por dos dólares. Allí esquivamos unos taxis y nos montamos en el pick up de la muerte. Recorremos más de trescientos kilómetros en esta vieja máquina diecisiete personas a bordo; además de tres scooters, un perrillo y un montón de bártulos. Las cuatro horas de espera y las múltiples paradas a antojo del volante sólo sirvieron para que termináramos siendo otra gran familia. Al llegar de madrugada el chófer nos dejó dormir en la parte trasera hasta el amanecer que vendrían a recoger las motos. ¡Olé!
Emotivo encuentro con la vieja amiga Sara. Desayunazo en toda regla. Conocemos a Kristie y al mítico Bas con sus dos uñacas camboyanas. Dicen que si yo viviera aquí también me acabaría dejando crecer las uñas de los meñiques. Me cuesta creerlo. Sin entretenernos mucho bebiendo birra con hielo cogemos un bus que nos sabe a teta hacia Kep. Stefan y su Guest House Botánica nos esperan. Dos días de relax, yerba y buena comida. Rabbit Island para poner la guinda al pastel. Kilo de gambas frescas en el mercado del cangrejo por cinco dólares. Cervezas Angkok y Anchor. Ajedrez y puestas de sol.
Regresamos a la capi camboyana. Ciudad sin ley. Auténtica. Poco a poco la fui cogiendo cariño con sus vendedores ambulantes de huevos cocidos. Mecánicos en todas las esquinas que lo mismo te arreglan el cuentakilómetros o un pinchazo. Zumos de caña de azúcar. Salchichas a la brasa. Tuk tuks y moto dops. Drogas y putas. Water festival. Locura. Próxima misión alquilar un par de motillos para alcanzar Siem Reap y disfrutar del atardecer en Angkor Wat.
Motillos de 125cc semiautomáticas, gafas de sol, mosquitera, una muda, algo de comida y muchas ganas. Así salimos una mañana de jueves llenos de energía para enfrentarnos a los más de trescientos kilómetros que nos separaban de nuestro destino. Dos horas en ruta y la liamos. Selina se despista y el mal estado de la carretera hace el resto. Accidente tontorrón. Maguyaduras y rasponazos. Huesito de la rodilla roto. Mierda. Paramos un colectivo tras una cura de urgencia en un centro de salud de mucha tela. Cargamos la moto. Selina se acopla como puede. Yo voy al rebufo. Volvemos.
En un par de días volvemos a la carga. Selina se queda entre el hospital y los cuidados de Kristie. Sara se anima y compartimos máquina. Viajito largo e intenso. Auténticos camboyanos en la ruta. Disfrutamos del atardecer gratuito en Angkor y de los precios del Graden Village. El Mekong es testigo de gran parte de nuestro periplo. Teléfono y malas noticias. Ingresan a Selina. Volvemos.
La mala suerte se esta cebando con mi intrépida compañera. Los del seguro la están liando y tiene que volar pronto a Bangkok para que la intervengan. La cuidamos como nos hubiera gustado que nos cuidaran. Ánimo amiga. ¡¡Buen viaje y buena suerte!!
Dos días después me vuelvo a poner en marcha. Ya tengo el visado vietnamita y el chino, el ruso se me resiste. Taxi colectivo a la frontera. Pajaritos asados a orillas de un lago. Apuro mis últimos Rials. El tabaco local suele ser mi objetivo. Camboya, por sus gentes, me ha encantado.






