En Teherán se concentra el poder religioso del país. De vez en cuando te encontrabas uno de esos personajes, montándose en un lujoso coche o entrando en una mezquita. La mafia, nos decía uno en la cola del local de los mejores kebabs del barrio.
Pasamos unos días en casa del señor Matias. El loco consul uruguayo fanático de los Beatles, amante de la Buena Música y viajero en sus ratos libres. Vivimos en familia mientras gestionamos la extensión de nuestros visados y estudiabamos las rutas posibles para llegar a la India. El Gordo tenía la visa para Pakistán pero le estaba entrando miedo. Yo no pude conseguirla ni en Turquia ni en Irán.

Los últimos ataques del ejército en la zona Talibán apoyados por el equipo “USA ABUSA” no estaban gustando a los paisanos Pakistanís. Al equipo de uruguayos reunido de vuelta no le quedaron otros güevos que meterse en el fregao, asustados al entrar y encantados al salir. Me dio pena perderme esa experiencia pero sabía que, si el destino me quería llevar por otra ruta, sería por algo. Y lo fue.
Un martes de tarde se pusieron en marcha. Era fiesta en la ciudad por el exceso de contaminacion y polvo en la ciudad. Mi pasaporte estaba retenido en la oficina de inmigración. Te lloraban los ojos caminando por la ciudad. Perdías los puntos de referencia. Y el dia siguiente fue más de lo mismo.
La mañana siguiente afortunadamente abrieron. Nadie daba un duro por ello. Aquí un jueves es como un sábado para nosotros. Dibuje una ruta con la ayuda de Mehrah, marido de Benafche, hermana de Zhore, amiga de mi hermana Anita desde mediados de los noventa cuando coincidieron en la facultad de Bellas Artes de Madrid. Yo tengo un cuadro de Zhore, me lo regalaron una manana de domingo en la Plaza Mayor. Es un personaje solitario y tranquilo, sentado en un sofa, rodeado por cuatro ratas y con mirada expresiva. Sonríe.
Por la noche subía a mi primer autobús rumbo Isfahan. Si no vas a Isfahan no te enteras de lo que pasa en Irán. Me dijo el Toni. Mi padre. Subí al filo de la media noche. Era comodísimo y no iba lleno. Leí un rato, escuché el hilo musical, comí un bocata que llevaba en la mochila, dormí y hasta ví un rato en la tele una producción nacional.
Hace unos meses alguien que ocupa un palco en mi corazón me prestó el libro Anochece en Katmandu, donde Chema Rodríguez y el Vuke recorren en el ano 2000 la ruta terrestre que une Estambul con Katmandu, Occidente con Oriente, lo material con lo espiritual. La ruta que miles de jóvenes recorrieron en los 60 y 70. Buscando respuestas. Viviendo libres en contra del sistema. Sexo, drogas y música. El movimiento hippy. Kabak, Butterfly Valley o Olympos son refugios para los nostalgicos. El movimiento murió pero dejó su sello y en la carta de despedida advertía que un año de estos volverá. Seguimos esperando…
Era de noche. Un ejército de taxistas me avasallaba. Como a todos los pasajeros de todos los autobuses. Era un ejército en toda regla. Regimientos en todas la salidas. Varios controles. Y exploradores al acecho en las vías cercanas. Me fume un par de cigarros tumbado en un parquecito cercano a la estación mientras esperaba que clarease un poco más. Cogí la mochila y caminé hacia la plaza del Imán. Acabé subido en uno de esos taxis que por medio dólar subes y bajas donde quieres en las grandes avenidas de las ciudades. Son taxis colectivos de recorrido único. Les gusta ese sistema y rara vez te llevan a otro sitio aunque ya sólo quedes tú montado.
Esperé a que el sol iluminara la inmensa plaza, con las dos mezquitas y el palacio. Rodeada por pórticos en sus cuatro lados. Varios jardines y una gran fuente donde puedes refrescarte. El destino me llevó al Hostel Amil Kabil. El libro lo leí tirado en la playa en Olympos. No tenía datos apuntados ni lo llevaba encima. Me maldije. Pero tuve suerte. Ví un mochilas entrando cuando yo salía de preguntar un precio en otro hostel, pero que era de palo, trece dolares me pedían por la habitación más barata. En Amil Kabil me ofrecieron dormir por cinco dólares en una habitación con tres colchones sobre una alfombra y un pequeño ventanuco rectangular. Había un tipo durmiendo, era rubio, se llamaba Bart y se dirigía al sureste asiatico. En un par de semanas volaría desde Shirad hasta Delhi.

Por la noche cenamos siete viajeros solitarios tirados en los jardines centrales con la plaza del Imán iluminada. Mucho ambiente. Familias y amigos. El Corazón de la ciudad. Los pulmones son los numerosos parques desperdigados por la ciudad y a lo largo del río. La noche era espectacular. El axfisiante día me había llevado a conocer los alrededores del río, pero este año estaba seco, así que me refugié por las callejuelas en sombra y daba gracias al mullah por las maravillosas fuentes de agua refrigerada gratuita que hay en todas las grandes avenidas y patios de la mayoria de las mezquitas.
Najma, una estudiante iraní que conocí, me estuvo enseñando todos los sitos clave de la ciudad, me puso al día de la historia del país, me habló desde el sha hasta la manifestacion de la semana pasada, donde estaba dándolo todo. Aquí si no tienes el satélite o acceso a internet con filtro no te enteras del que pasa en el mundo.
Paseamos y nos pusimos al dia entre varias mezquitas y el palacio, los baños iraníes, el barrio armenio y algunos de los parques. Es una revolucionaria. Por la noche me embarcaba en otra aventura busera. Seis horas hasta Yazd. Un paseo.
Misma jugada pero esta vez voy a dejar mi mochila en la estación, al llegar compró un billete para esa misma noche a Shirad y le encasquetó mis bultos al bigotes de la compañía. Los vendedores gritan precios y destinos constantemente. Y eso que ahora hay poca gente. Pienso.

Yazd es famosa por los minaretes de cincuenta y tres metros pero es un placer perderse por sus barrios residenciales antiguos o su bazaar siempre fresco. Me crucé con el todoterreno de unos eslavos que iban hacia el Tibet a través de Afganistán Pakistán, India y Nepal. El coche relucía y estaba aparcado junto a un hostal. Me imagine durmiendo en el desierto si hubiera podido venir con Naranjito, la Poderosa o el perrete de Napoleón. Pase de visitar el museo del agua y dormí la siesta en una mezquita, como los locales, aprovechando el aire acondicionado y el agua fresquita. Comiendo me doy cuenta que el vendedor me la ha jugado, el billete es para las ocho y media, no me apetece discutir y me embarco a sabiendas que siempre es un engorro llegar a una ciudad a las cuatro de la madrugada, si no quieres pagar una noche extra hay que esperar a las seis o siete para coger la habitacion. El viaje fue algo incómodo porque iba lleno, lo que implica que no te pudes mover; y aburrido porque era de noche y la película se parecía a la del otro día. Además el calor de Yazd me habia dejado reventado, enseguida echaría de menos el calor seco.

Llegamos muy pronto y tuve que montar campamento en un jardincito dentro de la estación, aquí es normal que la gente duerma esperando su conexión o algún autobús que se retrasa. Eché el saco, me rocié de repelente a la quinta picadura y dormí hasta que un policía me levantó a las siete. La verdad es que me estaba haciendp el remolón. Disfrutando del mundo de los sueños.
Me costó encontrar mi golpe de suerte, tras varios intentos y cargando con la mochila no encontraba nada barato libre. Fue entrando en una agencia turística a preguntar si conocían algún lugar de cinco dólares cuando me encontré con Emil, uno de los siete de Isfahan, danés, con cara divertida, que dice que es sueco cuando no quiere pararse a hablar. Un tipo alto y sonriente, professor de niños y que viaja por Oriente Medio aprovechando el verano. Compartimos una doble que había cogido por quince dólares. Se estaba gastando otros tantos en un tour para el día siguiente a Persepolis.
Pasamos la tarde visitando la Fortaleza, los baños, el bazar y la tumba de aquel famoso poeta de nombre que ahora no recuerdo. Los jardínes, las tumbas, el ambiente y la iluminación tenían magia. Era un lugar con energia. Podías sentarte en una mesa y dibujar. El material estaba ahí…esperándote.
Mi ida y vuelta hasta Persepolis es una historia para otra ocasión. El lugar es impresionante. Salgo con cuatro piedritas en el bolsillo para mis amigos locos de la historia. Por la noche me subo en mi último autobús rumbo Bandar Abbas. Antes de salir le pido al hostelero que llame a un número que me dio mi compi de asiento rumbo a Yazd. Nos entendimos por gestos. Allí nos contestó su hermana y el traductor le contó mi historia. Mi hermano o yo iremos a buscarte a la estación. Me tradujo el notas. Colgó el teléfono, le di las gracia y me puse en marcha. Me acompañaba Stefan, un alemán que encontré en el cyber que va a buscar a una amiga. En Bandar Abbas vas a morir de calor. Me decía la gente. No se equivocaban. Nada más abrirse la puerta del bus la bofetada es criminal. Pero alli estaba el grande de Ali!!

Pasé un largo día con él y con su hermana y su familia. Nos divertiamos por el solo hecho de conseguir comunicarnos. Comíamos sobre un mantel sobre la alfombra y con las manos ayudados por las tortillas de pan como es habitual. Mucho té y música a todo volumen. En su casa se estaba fresquito, me perdí poder visitar el antiguo bazaar pero no era un día para andar por la calle. Por la noche embarcaba en un ferry rumbo Emiratos Árabes Unidos. Iba a cruzar el Golfo Pérsico. Era el único extranjero a bordo. Era el miércoles por la noche. Tocamos a tres asientos por barba. Allá vamos!!